A ver, hablemos sin rodeos: todos cargamos con historias del pasado que se nos quedan pegadas al corazón como chicle en el zapato. Algunas son pequeños tropiezos que, con el tiempo, se van despegando; otras, en cambio, son auténticas heridas que pueden definir gran parte de nuestra vida sin que apenas nos demos cuenta. Hoy quiero invitarte a explorar un tema que seguramente has escuchado, pero pocas veces te has detenido a comprender de verdad: los traumas y el apego. Te lo contaré como si estuviéramos charlando en un café, con confianza y alguna que otra broma, porque hasta los asuntos más serios se digieren mejor con un poco de humor. Como dice el dicho: “Al mal tiempo, buena cara”.
El apego es ese primer lazo emocional que establecimos con nuestras figuras de cuidado (en la mayoría de los casos, padres o cuidadores principales) durante la infancia. Imagina que el apego son los cimientos de una casa: si están bien construidos, la estructura es sólida; si tienen grietas, puede que en el futuro todo empiece a tambalear. Y claro, si por aquel entonces tus padres eran más cambiantes que el clima de abril, no es de extrañar que hoy prefieras “tener la fiesta en paz” antes que abrirte emocionalmente.
Hay cuatro tipos de apego:
Seguro: Este es el “ideal”. Si creciste con cuidadores que te atendieron de manera consistente y amorosa, probablemente confíes en las relaciones y en que todo puede ir más o menos bien.
Ansioso: Si tus cuidadores eran un poco impredecibles (hoy cariñosos, mañana distantes), quizá sientas una necesidad constante de buscar seguridad y confirmación. Es como querer un abrazo, pero siempre temer que no llegue.
Evitativo: Aquí la cosa va al revés. Si aprendiste que expresar tus emociones no servía de nada, probablemente ahora prefieras mantenerlas guardadas bajo llave.
Desorganizado: Este es un caos total. Si tus cuidadores fueron tanto una fuente de amor como de miedo, es posible que tengas una relación confusa con la cercanía emocional. Es como si quisieras acercarte, pero al mismo tiempo quisieras huir.
¿Cómo los traumas entran en esta ecuación?
Ahora imagina que esos cimientos (tu apego) tienen algunas grietas. Si a eso le sumamos un terremoto (un evento traumático), los daños pueden ser mucho mayores. Un trauma puede ser algo obvio, como una experiencia de abuso, o algo más sutil, como nunca haber recibido validación emocional de pequeño. Ambos dejan marcas.
Y aquí va mi comparación favorita: los traumas no son como una colección de estampitas. No necesitas juntar muchos para que te afecten. Con uno solo bien colocado basta para complicarte la vida, gracias.
La parte complicada es que muchas veces no nos damos cuenta de cómo estos traumas moldean nuestras relaciones y emociones. Por ejemplo:
No importa qué tan roto creas que están tus cimientos, siempre se pueden reforzar. Aquí te dejo algunas ideas:
1. Entiende tus patrones
Lo primero es darte cuenta de cómo esas experiencias de apego y trauma te están afectando. A veces da miedo mirar hacia atrás, pero, como dicen, “lo que no se repara, se repite”. Así que empieza a conectar los puntos.
2. Busca ayuda profesional
Un buen terapeuta puede ser tu aliado. Aquí tengo que mencionar el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares). Puede sonar raro, pero esta técnica es como magia para procesar recuerdos traumáticos y liberar emociones atrapadas. Es como darle a tu cerebro una oportunidad de reorganizarse y relajarse.
3. Rodéate de relaciones seguras
Las relaciones sanas pueden ser un bálsamo. Busca personas que te validen, te escuchen y te hagan sentir que estás a salvo. Y si ya tienes a alguien así, dale las gracias. Es un regalo.
4. Practica el mindfulness
El mindfulness no es solo respirar profundo y ya. Es aprender a estar presente y observar tus emociones sin dejar que te arrastren. Es como construir un espacio seguro dentro de tu mente.
5. Sé amable contigo mismo
Sanar lleva tiempo, y ser duro contigo solo complica las cosas. Habla contigo como lo harías con tu mejor amigo: con paciencia y cariño.
Sanar los traumas y reconstruir un apego seguro es un proceso, pero no estás solo en esto. Cada paso que das, por pequeño que parezca, es un avance. Y recuerda: todos llevamos nuestra mochilita emocional. Algunos tienen piedras, otros ladrillos, y otros parecen llevar una lavadora entera. Pero no importa cuánto pese la tuya, siempre puedes encontrar formas de aligerarla.
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